El agua invisible que consume la IA desafía la transparencia de los informes de sostenibilidad
El crecimiento exponencial de la inteligencia artificial está poniendo el foco en un impacto hasta ahora poco visible: su huella hídrica. Aunque imperceptible para el usuario, cada interacción con sistemas de IA implica un consumo de agua asociado a la refrigeración de los centros de datos, el verdadero “corazón físico” de esta tecnología. Según estimaciones recientes, una sola consulta puede requerir pequeñas cantidades de agua, pero su uso masivo —multiplicado por millones de interacciones diarias— adquiere una dimensión significativa.
Las proyecciones son claras: organismos internacionales como la Unesco estiman que el consumo de agua vinculado a la IA podría alcanzar entre 4,2 y 6,6 billones de litros en los próximos años, superando incluso el consumo anual de algunos países. Todo ello en un contexto de creciente escasez de recursos hídricos, especialmente en regiones como el sur de Europa, donde España ya presenta niveles elevados de estrés hídrico y un alto riesgo de desertificación.
En este escenario, la CNMV ha recordado que las empresas deben reportar su huella hídrica cuando esta sea material, atendiendo tanto a la intensidad de uso de la IA como a factores geográficos y de exposición al riesgo. Este cambio marca un punto de inflexión: la sostenibilidad deja de centrarse exclusivamente en la huella de carbono para incorporar de forma progresiva el impacto sobre el agua como variable clave de gestión y cumplimiento.
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