Taylor Swift, marcas e IA: ¿el inicio de una nueva estrategia de protección de la identidad?
Las recientes solicitudes de marca de Taylor Swift en Estados Unidos, que incluyen desde fragmentos sonoros de su voz (“Hey, it’s Taylor”) hasta registros visuales de siluetas icónicas de su Eras Tour, han captado la atención de la comunidad jurídica global. No se trata solo de expandir un portafolio marcario ya masivo, sino de una nueva estrategia de protección: la protección como marca de los rasgos de la personalidad.
Más que una reacción puntual, parece más una estrategia deliberada para blindar la identidad en un ecosistema dominado por la Inteligencia Artificial Generativa.
Tradicionalmente, la protección de los artistas ha descansado en tres pilares: el Derecho de Autor (sobre la obra), el Derecho de Imagen (como derecho de la personalidad) y el Right of Publicity. Sin embargo, la IA ha introducido un conflicto disruptivo: la imitación funcional. Hoy es posible generar contenidos que replican una voz o una apariencia con una precisión asombrosa sin necesidad de copiar directamente una obra preexistente. Aquí es donde el Derecho de Autor pueden encontrar más límites, y donde el Derecho de Marcas emerge como el nuevo perímetro de control.
Registrar elementos de la identidad como marca permite a los artistas transitar desde la protección de derechos de la personalidad, a menudo extrapatrimoniales y difíciles de ejecutar ante usos automatizados, hacia la protección de activos de propiedad industrial. Esta estrategia busca transformar un rasgo humano en un título de propiedad que permite accionar no solo contra copias idénticas, sino contra usos similares que generen confusión en el mercado. Al convertir la voz en marca, el artista ya no solo litiga por su "honor" o "imagen", sino por la infracción de un activo comercial registrado, lo que puede simplificar la carga probatoria.
No obstante, este enfoque plantea desafíos legales que aún no han sido probados en tribunales. A priori, para que estas solicitudes prosperen, las oficinas de marcas (como la USPTO o INAPI en Chile) exigirán que estos rasgos cumplan una función de distintividad comercial. El reto será demostrar que una voz no es solo un atributo del ser humano, sino un indicador de origen empresarial.
Por otro lado, esta sofisticada arquitectura legal requiere recursos considerables, lo que plantea una interrogante sobre la brecha entre artistas consolidados y creadores emergentes. ¿Será esta una herramienta democrática o un privilegio de las grandes figuras para controlar su mercado digital?
Conclusión
Probablemente lo más relevante de los movimientos de figuras como Taylor Swift o Matthew McConaughey no sea su eficacia práctica inmediata, sino su valor como "laboratorio jurídico". Representan un esfuerzo por adaptar herramientas clásicas a un entorno tecnológico que no conoce fronteras.
Mientras el derecho tarda en cubrir los vacíos normativos de la IA, la estrategia marcaria se posiciona como una vía audaz para asegurar que, en un mundo de copias sintéticas, la identidad siga teniendo un titular legítimo.